Finalizo "1930" con el advenimiento de la Segunda República. Un cambio político que no es resultado ni de un alzamiento militar ni de un golpe de estado de palacio (como la dictadura de Primo de Rivera) sino de algo inaudito: una simple elección para la renovación de los ayuntamientos del país. Una elección que todas las fuerzas conservadoras daban por ganadas y que incluso originaba chistes entre los monárquicos sobre la pésima situación en que quedarían los republicanos, aislados y sin futuro.
Pero todo salió al revés. El domingo 12 de abril de 1931 se abrieron los Colegios Electorales , como cuenta Eduardo de Guzmán, la jornada se presentó con dos rasgos especiales: "una concurrencia de votantes superior a la registrada en todas las elecciones precedentes y una tanquilidad casi absoluta, con escaso número de incidentes. La gente madruga por doquier y se forman grandes colas de personas ansiosas de depositar cuanto antes el sufragio. Aunque todo el mundo parece darse cuenta de la importancia que reviste esta consulta popular, y pese al apasionamiento que ha imperado durante toda la campaña propagandística, no se producen disputas ni alborotos durante las ocho horas de la votación" (pág.582).
El gobierno daba por descontado el triunfo y durante toda la jornada mantuvo su espíritu de victoria. Las primeras noticias que llegaron, luego de las cuatro de la tarde cuando comenzó el escrutínio, también confirmaban las expectativas monárquicas... pero luego todo se torció.
Romanones cuenta en sus memorias: "... me quedé atónito. Cincuenta años de vida política se desvanecían como el humo. A poco, el ministro de la Gobernación exclamó: "Murcia: Derrota completa de los monárquicos." Mi querido amigo y compañero de Bolonia, Juan de la Cierva, le interrumpió con violencia diciendo: "Es no puede ser cierto". Y entonces Hoyos puso en su mano el teléfono para que hablara con el gobernador. Así lo hizo durante algunos minutos; cuando terminó y volvió a sentarse entre nosotros, todo el brío de La Cierva se había venido al suelo; parecía otro hombre" (pág. 584).
Pero la sorpresa no sólo abarca al campo de la derecha monárquica, también los políticos catalanes de la Lliga (de Cambó) se quedan patidifusos ante resultados tan inesperados. Incluso los líderes republicanos dudan de sus éxitos. Largo Caballero y Fernando de los Rios pensaron, en un primer momento, que el triunfo electoral les permitiría acudir a los republicanos en los comicios de octubre (para diputados), con mayor fuerza y quizá entonces llegaría la república. Aún no medían la importancia capital de lo sucedido ni imaginaban el huracán que arrastraría a la monarquía en muy pocas horas.
Alfonso XIII, en unas declaraciones publicadas en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 1 de mayo de 1932, recuerda así estos sucesos: "Poco antes de la media noche (del dia 12) supe la amarga verdad: el setenta por ciento de mis subditos habían votado la candidatura republicana íntegra. No puedo decir que fui yo el español más sorprendido de ello. Mi asombro fue insignificante comparado con el de los mismos leaders republicanos. El conde de Romanones, ministro de Estado, había pasado la noche atormentado por un extraño sueño: le pareció que se veía transportado a la Rusia de 1917 y que presenciaba el trágico final del zar Nicolas II y su familia. Me suplicó que abandonase en el acto España. Predijo la posibilidad de una terrible explosión de las ansias revolucionarias triunfantes. Dudaba de la lealtad del Ejército. Amo la vida tanto como el que más, pero en mi calidad de rey me era forzoso pensar en mi país por encima de todo. Me daba cuenta de los peligros inevitables que suponen siempre los cambios de Régimen, y deseaba realizar un esfuerzo para salvar a España de la catástrofe." (pág. 592).
El valor plesbicitario de unas elecciones en principio no pensadas para este propósito sacudió el país y destrozó todos los planes del régimen. El ejército se quedó paralizado, la Guardia Civil en sus cuarteles y la policía se mostró dispuesta a aceptar los cambios que ya habían olido desde bastante antes. El pueblo, masivamente y en la calle, dió por sentado que la República había llegado para quedarse. Así sucedió que aquellos líderes encarcelados o escondidos en lugares anónimos se vieron transitando, en medio del fervor popular entre aplausos y apretujones, el corto camino que los separaba de los ministerios y el palacio real. ¡La República era un hecho!
Pero todo salió al revés. El domingo 12 de abril de 1931 se abrieron los Colegios Electorales , como cuenta Eduardo de Guzmán, la jornada se presentó con dos rasgos especiales: "una concurrencia de votantes superior a la registrada en todas las elecciones precedentes y una tanquilidad casi absoluta, con escaso número de incidentes. La gente madruga por doquier y se forman grandes colas de personas ansiosas de depositar cuanto antes el sufragio. Aunque todo el mundo parece darse cuenta de la importancia que reviste esta consulta popular, y pese al apasionamiento que ha imperado durante toda la campaña propagandística, no se producen disputas ni alborotos durante las ocho horas de la votación" (pág.582).
El gobierno daba por descontado el triunfo y durante toda la jornada mantuvo su espíritu de victoria. Las primeras noticias que llegaron, luego de las cuatro de la tarde cuando comenzó el escrutínio, también confirmaban las expectativas monárquicas... pero luego todo se torció.
Romanones cuenta en sus memorias: "... me quedé atónito. Cincuenta años de vida política se desvanecían como el humo. A poco, el ministro de la Gobernación exclamó: "Murcia: Derrota completa de los monárquicos." Mi querido amigo y compañero de Bolonia, Juan de la Cierva, le interrumpió con violencia diciendo: "Es no puede ser cierto". Y entonces Hoyos puso en su mano el teléfono para que hablara con el gobernador. Así lo hizo durante algunos minutos; cuando terminó y volvió a sentarse entre nosotros, todo el brío de La Cierva se había venido al suelo; parecía otro hombre" (pág. 584).
Pero la sorpresa no sólo abarca al campo de la derecha monárquica, también los políticos catalanes de la Lliga (de Cambó) se quedan patidifusos ante resultados tan inesperados. Incluso los líderes republicanos dudan de sus éxitos. Largo Caballero y Fernando de los Rios pensaron, en un primer momento, que el triunfo electoral les permitiría acudir a los republicanos en los comicios de octubre (para diputados), con mayor fuerza y quizá entonces llegaría la república. Aún no medían la importancia capital de lo sucedido ni imaginaban el huracán que arrastraría a la monarquía en muy pocas horas.
Alfonso XIII, en unas declaraciones publicadas en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 1 de mayo de 1932, recuerda así estos sucesos: "Poco antes de la media noche (del dia 12) supe la amarga verdad: el setenta por ciento de mis subditos habían votado la candidatura republicana íntegra. No puedo decir que fui yo el español más sorprendido de ello. Mi asombro fue insignificante comparado con el de los mismos leaders republicanos. El conde de Romanones, ministro de Estado, había pasado la noche atormentado por un extraño sueño: le pareció que se veía transportado a la Rusia de 1917 y que presenciaba el trágico final del zar Nicolas II y su familia. Me suplicó que abandonase en el acto España. Predijo la posibilidad de una terrible explosión de las ansias revolucionarias triunfantes. Dudaba de la lealtad del Ejército. Amo la vida tanto como el que más, pero en mi calidad de rey me era forzoso pensar en mi país por encima de todo. Me daba cuenta de los peligros inevitables que suponen siempre los cambios de Régimen, y deseaba realizar un esfuerzo para salvar a España de la catástrofe." (pág. 592).
El valor plesbicitario de unas elecciones en principio no pensadas para este propósito sacudió el país y destrozó todos los planes del régimen. El ejército se quedó paralizado, la Guardia Civil en sus cuarteles y la policía se mostró dispuesta a aceptar los cambios que ya habían olido desde bastante antes. El pueblo, masivamente y en la calle, dió por sentado que la República había llegado para quedarse. Así sucedió que aquellos líderes encarcelados o escondidos en lugares anónimos se vieron transitando, en medio del fervor popular entre aplausos y apretujones, el corto camino que los separaba de los ministerios y el palacio real. ¡La República era un hecho!
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